Por aquí otra vez

Las últimas semanas han sido un poco difíciles. Necesitaba volver a escribir por aquí. Aunque no nos conozcamos, la idea de que alguien me lea, o más que la idea, la sensación, me tranquiliza. No sé el motivo.

Nunca he sido muy amiga de las redes sociales, pero esto es diferente.

Pronto publicaré un post más íntimo, esto solo pasaba por mi cabeza ahora.

Feliz verano!

Anuncios

Por ellas.

Llanto por todas las mujeres que sufren. Que están y no quieren estar. Que amamantan sus hijos y los perdonan por haber nacido, nada es de ellos. Por la música que hace el crepúsculo de sirenas en mitad de la noche y nos despiertan, y en el final de la calle y sus luciérnagas de colores hay otra que llora, que llora por lo mismo, por ella, por ellas. Las tinieblas arrojando mentiras a seguir despiertas. Mis lágrimas por las que perdieron a su hombres, y por los hombres que las perdieron. Es una batalla injusta. Mantenerse despierta para contemplar la realidad cruda de unos y de otras. Asomada en el campo del olvido de los desastres. Dinero o pobres. En el margen considerado de aguantar un poco más. Por ellas, por ellas que están y no quieren estar. Los vientres rajados en espasmos y el sumidero de su derrota en pérdidas. Las manos manchadas de sangre, de azufre, del olor viscoso que intemperie aborrece. Los frutos y las penas, la batalla de mi espalda rota y no volver a bailar nunca más. Por las que bailan y no quieren, o las que quieren y no pueden. Lloro porque todas somos iguales y a nadie le importa. Por ser un reclamo más de pastos idiotas y llanuras secas, de piernas deformes y reflejos que mienten a la cara. Descontentas y envidiosas. Lloro por ellas. Por no ser como ellas y por seguir siendo mía. Por ser mía. Y de él. Y de las verdades escondidas en palabras que descansan al borde de la cama, las que no se dicen. Poder arreglar cada rota. Cada palabra descosida de un vasto oleaje y la ventana. Tirarme al agua del mar y no respirar, o chillar e insultar. Por cada gramo de vivencia. Por cada peso y sobrepeso y exceso que se inventan para vernos menos de lo que somos. Y somos nosotras. Las culpables, las maltrechas, de cada día a día descansando en la memoria de las que viven o las que mueren. O las que ya no son nada, como yo. Ya no soy nada y espero. Encontrar la mirada perdida de sacarme a flote y abrirme los pulmones, aspirar el mundo que me rodea y sentirme viva. Sin miedo a sentirme viva. Sin miedo a sentirme viva. A repetir los mismos errores sin reproche. A ser madres o hijas, o amigas que se ayudan en la deriva. Flotar y volver. Ahogar el único espacio visible de la miseria. En un par de ojos hinchados y con ojeras. Grises. Pesadas. Olvidadas. Lloro por las olvidadas y detesto ser recordada. Ni en el pensamiento de ellos, ni en la plegaria de ellas. Yo soy. Empeñando mi suerte al atajo de arriba del cielo y las nubes. De sentirme viva. Tropezar y caer. Flotar y volver.

Yo no rompí el cristal.

Yo no he roto el cristal. Yo no he sido. De verdad que no he sido yo. Por qué no me creen. Yo no he sido. Nunca fui yo. Estaba allá y lo vi todo suceder romperse como si fuera en mis ojos. Vi los cristales de mis pupilas de cristal hacerse pedazos acantilados y brillantes y llorarlos y caerme en ellos y quedarme ciega hasta que me culparon a mí por romperlos. Cómo puedo insistir en que yo no he sido. En que nunca fui. Qué más culpa que cortarme con ellos y sangrarlos en lágrimas vertidas quebradas. Qué más culpa que tenerla sin tener la culpa. Yo no rompí el cristal. Y nadie me cree. Ni siquiera soy capaz, no tengo ni fuerza para romper nada. No puedo romper más que mi alma por gritar que yo no he sido. He roto sin querer los cristales de mi madrugada. Los cristales de mis ojos de noche que nadie ve ni quiere ver. He roto mi llanto al dejarme sola y quieta y no tener a nadie. Me rodean rotos cortarme con ellos. A dos pasos de mí en cualquier dirección. He roto los cristales porque ya no me quedan lágrimas que romper.

Soy una princesa cubierta de cicatrices.

          Soy una princesa cubierta de cicatrices, mis heridas sangran haber esperado que alguien me amara. Todo lo que tengo que entregar está ordenado en la salida los agujeros de mis brazos. ¿Tú vas a hablarme de amor?. En cada punto negro me ingiere volver a la calle. La iglesia bajo mi ventana amontona animales tan ciegos como para no saber que también les importo. Me visto con camisas blancas de fuerza y las correas corretean en mis dedos, para dibujar cada noche una cuerda fina, la anudo en mi cuello y me lanzo al vacío. ¿Cuántas veces me he suicidado allá arriba?. Ya perdí la cuenta de los gritos sordos, de los llantos callados, y de correr en círculos. No puedo saltar. Mis pies atados por ese placer. Querer y no poder. Mi única bendición es no poder. Sería otro día perfecto arruinarme cabalgar las estrellas en un viaje de ida, con un caballo de asteroides infinitos mi cuerpo blando, morado, dejando una estela de purpurina en el cielo, tiñendo la mañana siguiente en la impotencia de no ser nadie. Mi único color es el de la sangre atragantada por la presión de mis músculos contraídos. Pero allá arriba todo flota mágico, mi voz es la de un ángel que desafía con insultos, una corona de espinas clavada en las sienes, un segundo efímero de volver a darme cuenta que no todo es tan fácil. Y la confianza de haber perdido la confianza. Toda mi vida esperando a que alguien me amara.

¿Cuánto cuesta mi vida?

Jueves, 3:42 madrugada. No me alcanza dormir más.

              ¿Por qué no puedo esconder la violencia como ellos?, que lo hacen así sin decir nada, ¿por qué no puedo violarles?, que lo hicieron así sin decir nada. ¿Cuánto cuesta mi vida?, ¿cuánto?, ¿está habitación de cinco por cuatro?, ¿sábanas limpias una vez por semana?, ¿tres comidas al día?. Mi vida cuesta la libertad que me falta, seiscientos cuarenta euros al mes y un día. ¿Cuánto cuestan sus vidas?, ¿una carrera universitaria?, ¿pisos de lujo amueblados en tiendas?, ¿coches pagados?. Sus vidas cuestan prohibida mi libertad. Mi vida cuesta sus familias esquiando en invierno, o navegando el mar en verano, los hoteles caros, y las trampas que corren sus vuelos en sicarios. Les cuesta la mirada al suelo la niña pasa desapercibida la vuelta a casa que nunca llega, allá en la esquina dónde perdí a mi madre y luego perdí mi vida, con quince años de espantos. Tanto que pagar por ella, tanto como mi adicción a la heroína, o a lanzar estúpidas amenazas que sólo yo para mí dirigidas, tanto como olvidar su culpa y perdonar su desgracia, aprovecharse de esa cría y arruinar la infancia, que grita con gritos de histeria y tachan de loca. Sí, soy una loca, estoy enloquecida, arden mis venas y sudo las noches con malos sueños. Me siento mal por odiarles, por desear incluso su muerte, pero la vergüenza no se paga, la vergüenza quedará en sus trágicas manchada para siempre. Niños de papá ahora quieren ser cobardes, niños que hombres que animales, pero siempre cobardes, niños de papá quieren ser jueces, jueces que animales pero siempre cobardes. ¿Cuánto cuesta mi vida?, de los quince a los veinte, ser incluso puta y aprender a vivir de rodillas.

Luci.

Abrázame el viento.

3

Martes 11:30h      

      Aysha deja que la acompañe a tender las sábanas en la azotea, suele golpear mi puerta al mediodía. No es cada día, pero respirar el aire allá arriba me da un poco más de vida. En la residencia no hay demasiadas distracciones, no quiero pensar que estoy encerrada, aunque la claustrofobia tira adentro. Me acostumbré a casi todo, excepto a no poder salir a la calle, tampoco añoro el bullicio, nunca me gustó, es el simple hecho de volar mi cuerpo encima de los demás o la melancolía de los tejados callados rascando el cielo callado. Lo hacemos no más que en el silencio de su sonrisa, le voy pasando las pinzas, ella se agacha, y las sábanas blancas ondean el viento, algo como izar banderas limpias de derrota en esta guerra estanca y anudar las cuerdas de los lazos que me soportan y tanto me ahogan.

      Aysha es madre y esposa. Habla poco español el color de su piel azafranada del sur y la mañana. Un velo oscuro cubre su pelo que reza a un Dios siempre que puede. Nada es perfecto, ni creer, ni obedecer, tal vez aceptar la divina misericordia de unos y otros, y su eterna amabilidad y el olor a lejía en las palmas blanquecinas de sus manos. La sigo por la escalera estela de su bata azul, diferente a la de las enfermeras, en ella todo es diferente, por eso me gusta tanto.

      Hoy ha sido antes. Cuando está seria pienso en sus problemas, oí que uno de sus hijos se tira horas en la calle, y que su esposo trabaja poco o casi nada. Me gusta hablarle en silencio, con miradas, diciéndole que todo está bien. Busqué cómo se pronunciaba ánimo en árabe, pero no me atreví nunca a decírselo. Me sucede con la gente que me importa, soy de esas a las que le sobra saber que nunca necesitó a nadie. Cómo se sienta en el borde de la escalera y estira sus calcetines de lana cuando nadie la ve. Creo que paso tan desapercibida como ella, y me añoro decírselo pero no puedo. Hoy sus labios cortados no sonríen. Hasanana.

      El sol proyecta su sombra en las sábanas, mientras yo me columpio sobre la ciudad. Es una sensación agradable, noto el frío corre y encojo mis hombros. Doy vértigo a pequeños pasos, uno detrás de otro, juntando la punta derecha y el talón izquierdo. Aysha no quiere que le ayude, es sólo por la compañía, supongo que mi excusa es parecer débil, estar demasiado delgada, no lo sé. Cruzo mis brazos y la observo callada lanzar a cuestas su espalda y doblarse para levantar y levantar. El viento de febrero forcejea con sus brazos, el tumulto de telas y trapos tienden ganas de quitarle, más y más viento. Sopla tanto viento que deshace el nudo de su velo y repentino despierta su pelo, sus manos perdidas, el velo atado en la solapa de su bata, el pelo gritando oscuro y dorado. Suelta las sábanas al suelo, lleva torpe sus manos asustadas, todo se detiene un segundo, toma aire profundo, cierra los ojos y se lo acaricia desde la frente, allá arriba, más alta que nadie su pelo largo vuela. Abrázame el viento. Toda su intimidad sobre la ciudad que acorrala, la melena y ella, ella más libre. Abrázame el viento de tu libertad. Es ella, es de verdad ella. Nos miramos y se ríe, sacudiendo las sábanas, el velo, y su pelo, sacudiendo salvajes todos los silencios de su vida. Todo está bien, por un momento todo está bien.

¿Dónde está mi niña?

2

Domingo. 

     Entonces empiezo a correr. Me dirijo escalofrío a la puerta de atrás, tardo poco y me detengo en el principio de mis dudas. Sólo puedo llorar. Allá dónde sé que comenzó a morir estoy parada, de pie, frente al paisaje que vio por última vez, cuando todavía no había pasado nada, cuando jugaba con muñecas de trapo y no sabía que iba a ser así. Yo no tengo sangre en mis manos, no he sido yo, compruebo mi ropa intacta y limpia, alguna mancha de barro sólo por apresurarme a llegar. El silencio se rompe con mis lloros, vomito llanto y hago ruido. Mientras agonizo en lágrimas piso sus pisadas. Sólo puedo llorar. Toco el último tacto derramado sobre el suelo de mi lloro, dejando húmedo un pequeño surco temblor estoy aquí, corriendo por ella, suponiendo que aparecerá, que todavía anda por allí, que he podido alcanzarla en una escasa esperanza. Pero nada sucede así. Miro la tierra y no hay más rastro que el mío, el de perderme dónde siempre estuve. Ni mi nombre se siente mío, lo susurro en bajos gemidos, lo repito para adentrármelo, soy yo, soy yo, ¿o soy ella?.

       No había vuelto desde que me escapé de casa, «eres una cría quejica», no sé dónde está esa niña malcriada, yo nunca la sentí así, sólo puedo creer que nunca la sentí así. Y llorar me hace culpable, por aceptar el dolor dentro de mí, por no poder rabiarlo de otra que no sea haciendo este ruido, lo odio, odio el jadeo de mi llanto, es lo que me devuelve al mismo lugar, a la misma edad, a la misma culpa de haber nacido. ¿Dónde está mi niña malcriada?. La vida corre debajo de la piel de mi cara, el olor fresco del vapor en verano, trotar por la calle y atravesar las paredes de mi cuarto con saltos, ahora puedo llorar, vomitar los llantos. Hacerme valor, y justo cuando siento mi nombre de nuevo, reconocer que fui yo, a esa niña la maté yo. Cuando nadie lo esperaba. Aunque su cuerpo aflore algunas veces de entre la tierra húmeda, como en esta tarde, y me golpeé hasta ni siquiera sentir dolor, golpéame mi niña, mi cría, golpéame hasta sacarme el aliento, y dejar tu manso quebrado en mi estómago, golpéame mi niña, hasta que vomite la última lágrima.

Luci.