Abrázame el viento.

3

Martes 11:30h      

      Aysha deja que la acompañe a tender las sábanas en la azotea, suele golpear mi puerta al mediodía. No es cada día, pero respirar el aire allá arriba me da un poco más de vida. En la residencia no hay demasiadas distracciones, no quiero pensar que estoy encerrada, aunque la claustrofobia tira adentro. Me acostumbré a casi todo, excepto a no poder salir a la calle, tampoco añoro el bullicio, nunca me gustó, es el simple hecho de volar mi cuerpo encima de los demás o la melancolía de los tejados callados rascando el cielo callado. Lo hacemos no más que en el silencio de su sonrisa, le voy pasando las pinzas, ella se agacha, y las sábanas blancas ondean el viento, algo como izar banderas limpias de derrota en esta guerra estanca y anudar las cuerdas de los lazos que me soportan y tanto me ahogan.

      Aysha es madre y esposa. Habla poco español el color de su piel azafranada del sur y la mañana. Un velo oscuro cubre su pelo que reza a un Dios siempre que puede. Nada es perfecto, ni creer, ni obedecer, tal vez aceptar la divina misericordia de unos y otros, y su eterna amabilidad y el olor a lejía en las palmas blanquecinas de sus manos. La sigo por la escalera estela de su bata azul, diferente a la de las enfermeras, en ella todo es diferente, por eso me gusta tanto.

      Hoy ha sido antes. Cuando está seria pienso en sus problemas, oí que uno de sus hijos se tira horas en la calle, y que su esposo trabaja poco o casi nada. Me gusta hablarle en silencio, con miradas, diciéndole que todo está bien. Busqué cómo se pronunciaba ánimo en árabe, pero no me atreví nunca a decírselo. Me sucede con la gente que me importa, soy de esas a las que le sobra saber que nunca necesitó a nadie. Cómo se sienta en el borde de la escalera y estira sus calcetines de lana cuando nadie la ve. Creo que paso tan desapercibida como ella, y me añoro decírselo pero no puedo. Hoy sus labios cortados no sonríen. Hasanana.

      El sol proyecta su sombra en las sábanas, mientras yo me columpio sobre la ciudad. Es una sensación agradable, noto el frío corre y encojo mis hombros. Doy vértigo a pequeños pasos, uno detrás de otro, juntando la punta derecha y el talón izquierdo. Aysha no quiere que le ayude, es sólo por la compañía, supongo que mi excusa es parecer débil, estar demasiado delgada, no lo sé. Cruzo mis brazos y la observo callada lanzar a cuestas su espalda y doblarse para levantar y levantar. El viento de febrero forcejea con sus brazos, el tumulto de telas y trapos tienden ganas de quitarle, más y más viento. Sopla tanto viento que deshace el nudo de su velo y repentino despierta su pelo, sus manos perdidas, el velo atado en la solapa de su bata, el pelo gritando oscuro y dorado. Suelta las sábanas al suelo, lleva torpe sus manos asustadas, todo se detiene un segundo, toma aire profundo, cierra los ojos y se lo acaricia desde la frente, allá arriba, más alta que nadie su pelo largo vuela. Abrázame el viento. Toda su intimidad sobre la ciudad que acorrala, la melena y ella, ella más libre. Abrázame el viento de tu libertad. Es ella, es de verdad ella. Nos miramos y se ríe, sacudiendo las sábanas, el velo, y su pelo, sacudiendo salvajes todos los silencios de su vida. Todo está bien, por un momento todo está bien.

¿Dónde está mi niña?

2

Domingo. 

     Entonces empiezo a correr. Me dirijo escalofrío a la puerta de atrás, tardo poco y me detengo en el principio de mis dudas. Sólo puedo llorar. Allá dónde sé que comenzó a morir estoy parada, de pie, frente al paisaje que vio por última vez, cuando todavía no había pasado nada, cuando jugaba con muñecas de trapo y no sabía que iba a ser así. Yo no tengo sangre en mis manos, no he sido yo, compruebo mi ropa intacta y limpia, alguna mancha de barro sólo por apresurarme a llegar. El silencio se rompe con mis lloros, vomito llanto y hago ruido. Mientras agonizo en lágrimas piso sus pisadas. Sólo puedo llorar. Toco el último tacto derramado sobre el suelo de mi lloro, dejando húmedo un pequeño surco temblor estoy aquí, corriendo por ella, suponiendo que aparecerá, que todavía anda por allí, que he podido alcanzarla en una escasa esperanza. Pero nada sucede así. Miro la tierra y no hay más rastro que el mío, el de perderme dónde siempre estuve. Ni mi nombre se siente mío, lo susurro en bajos gemidos, lo repito para adentrármelo, soy yo, soy yo, ¿o soy ella?.

       No había vuelto desde que me escapé de casa, «eres una cría quejica», no sé dónde está esa niña malcriada, yo nunca la sentí así, sólo puedo creer que nunca la sentí así. Y llorar me hace culpable, por aceptar el dolor dentro de mí, por no poder rabiarlo de otra que no sea haciendo este ruido, lo odio, odio el jadeo de mi llanto, es lo que me devuelve al mismo lugar, a la misma edad, a la misma culpa de haber nacido. ¿Dónde está mi niña malcriada?. La vida corre debajo de la piel de mi cara, el olor fresco del vapor en verano, trotar por la calle y atravesar las paredes de mi cuarto con saltos, ahora puedo llorar, vomitar los llantos. Hacerme valor, y justo cuando siento mi nombre de nuevo, reconocer que fui yo, a esa niña la maté yo. Cuando nadie lo esperaba. Aunque su cuerpo aflore algunas veces de entre la tierra húmeda, como en esta tarde, y me golpeé hasta ni siquiera sentir dolor, golpéame mi niña, mi cría, golpéame hasta sacarme el aliento, y dejar tu manso quebrado en mi estómago, golpéame mi niña, hasta que vomite la última lágrima.

Luci.

Volvería.

Sábado por la mañana…

  Mi madre abusó de mí. He tardado mucho tiempo en reconocerlo. Volvería para enseñarle que más que no tenerla, la tuve a medias y quiero tenerla. Volvería a nacer para enseñarle cómo darme a luz, volvería para gritarle cómo debe parirme. Para sujetarle las piernas desde los tobillos y rasgarle el útero. Saberme una desdicha entre sus muslos.

  Enseñar a mi madre a amamantarme de nuevo, volvería para decírselo, para chillarlo, volvería a nacer para no callarme. Otra vez para curarla.  Otra vez para que fuera ella y no conseguir odiarla. Su nota de despedida es el papel mojado de la placenta, pegajosa cada noche en su apego, en juntarse incorregibles y trasladar mi cuerpo hasta el campo, rajar su vientre y sangrarme. Caer desnuda sobre frío el suelo, volvería a nacer para decirle que llore, que me apriete en sus brazos hasta que me ahogue. Lo más parecido a una madre que tengo, es aguantar la respiración y dolerme, hincar mis pulmones punzantes, doblar mi espalda hacia delante, apretar mis sienes contra las manos y sus palmas, sudar, gritar, golpearme el pecho con los puños cierro náuseas de odiarme y volver a nacer, forzar mi parto, uno nuevo cada vez. Volvería para que no se marchara aunque tuviera que morirme.

 

Las pausas en invierno.

      Viernes 17:35. He recibido la nota de despedida de mi madre.

      No he podido evitarlo antes. Después los temores afloran como en las primeras niñerías de lágrimas. El resto continuará con sus vidas, siempre las supe sesgadas de la gloria infinita que no me terminé de creer. Nunca fue mi culpa, el entorno me obligó, y me odio por ello.

     Me quedo horas pasmada ante las cunas en la planta de maternidad, madres palpables hay un momento de pausa, las enfermeras traen los cafés para sus jefes, salen a fumar, hoy no está la que me invita a cigarrillos, algo tan insignificante me hunde en miseria, —Luci, no se lo digas a tu padre—, querría fumar con ellas, querría llevar sus batas. La planta entera huele a musgo fresco, soy la única que lo siente.

     Huele a los vientres sesgados de las madres, huele a los llantos, huele a mi miedo. Subo rápida a mi habitación. Apago la luz y me pego al cristal, no puedo abrir la ventana. La ciudad arde silenciosa naftalina los coches y la gente, nadie alcanza verme aquí arriba, saludo perdiciones a los edificios, las ventanas de mi planta están cerradas por fuera, es imposible abrirlas, lo intenté en el atisbo de mi hambre, del hambre humeante y doloroso de los analgésicos intravenosos. Llevo tres venas rotas en cada brazo, por la parte contraria del codo, mi mayor entretenimiento es doblar y doblar el codo, presionando con dos dedos en la junta agrietada, siento la presión sangre caer y subir por hasta la mano, los dedos rojizo cosquilleo de amasijo de carne sin fuerza. Luego todo mi cuerpo se siente así, multiplico sentir deforme de músculos inservibles encerrados. Sé que sigue siendo pronto para marcharme, no espero salir de aquí. Tengo la única falta de libertad que tienen las salas de espera en los hospitales públicos. Cualquier desastre emocional sube por las escaleras de emergencia, los latidos parados, los huesos rotos, los espasmos, los accidentes de tráfico, las sirenas fluorescentes de ruido en medio de la noche, el ajetreo en urgencias; no limpiar mis oídos del pánico deambulo como un alma que casi muerta, redondeo en las esquinas con curiosidad, me asomo a las demás habitaciones, casi siempre bajo mi mirada al suelo, hablo con poca gente.

     Cuando hoy me desperté, las náuseas volvieron, mi desvalida intención de hacerlo otra vez me niegan rotundo de haberme equivocado, arrepentirse es la frontera simple y llana de voltear mis segundos hacia un lugar mejor, como al de equivocarse y no ser consciente de ello, o como tener la razón incluso para morir, y si es así, alimentar la rueda existencial, exista o no Dios, o algo que se le parezca, ese infinito crepuscular a las siete de la tarde de un viernes, encerrada en este limbo, a cincuenta metros sobre el suelo y dos pasos del paraíso.

      Los berridos de otro recién nacido se cuelan desde afuera. Huele a tabaco y café rancio, las chicas vuelven de su pausa.

Luci.