Volvería.

Sábado por la mañana…

  Mi madre abusó de mí. He tardado mucho tiempo en reconocerlo. Volvería para enseñarle que más que no tenerla, la tuve a medias y quiero tenerla. Volvería a nacer para enseñarle cómo darme a luz, volvería para gritarle cómo debe parirme. Para sujetarle las piernas desde los tobillos y rasgarle el útero. Saberme una desdicha entre sus muslos.

  Enseñar a mi madre a amamantarme de nuevo, volvería para decírselo, para chillarlo, volvería a nacer para no callarme. Otra vez para curarla.  Otra vez para que fuera ella y no conseguir odiarla. Su nota de despedida es el papel mojado de la placenta, pegajosa cada noche en su apego, en juntarse incorregibles y trasladar mi cuerpo hasta el campo, rajar su vientre y sangrarme. Caer desnuda sobre frío el suelo, volvería a nacer para decirle que llore, que me apriete en sus brazos hasta que me ahogue. Lo más parecido a una madre que tengo, es aguantar la respiración y dolerme, hincar mis pulmones punzantes, doblar mi espalda hacia delante, apretar mis sienes contra las manos y sus palmas, sudar, gritar, golpearme el pecho con los puños cierro náuseas de odiarme y volver a nacer, forzar mi parto, uno nuevo cada vez. Volvería para que no se marchara aunque tuviera que morirme.

 

Las pausas en invierno.

      Viernes 17:35. He recibido la nota de despedida de mi madre.

      No he podido evitarlo antes. Después los temores afloran como en las primeras niñerías de lágrimas. El resto continuará con sus vidas, siempre las supe sesgadas de la gloria infinita que no me terminé de creer. Nunca fue mi culpa, el entorno me obligó, y me odio por ello.

     Me quedo horas pasmada ante las cunas en la planta de maternidad, madres palpables hay un momento de pausa, las enfermeras traen los cafés para sus jefes, salen a fumar, hoy no está la que me invita a cigarrillos, algo tan insignificante me hunde en miseria, —Luci, no se lo digas a tu padre—, querría fumar con ellas, querría llevar sus batas. La planta entera huele a musgo fresco, soy la única que lo siente.

     Huele a los vientres sesgados de las madres, huele a los llantos, huele a mi miedo. Subo rápida a mi habitación. Apago la luz y me pego al cristal, no puedo abrir la ventana. La ciudad arde silenciosa naftalina los coches y la gente, nadie alcanza verme aquí arriba, saludo perdiciones a los edificios, las ventanas de mi planta están cerradas por fuera, es imposible abrirlas, lo intenté en el atisbo de mi hambre, del hambre humeante y doloroso de los analgésicos intravenosos. Llevo tres venas rotas en cada brazo, por la parte contraria del codo, mi mayor entretenimiento es doblar y doblar el codo, presionando con dos dedos en la junta agrietada, siento la presión sangre caer y subir por hasta la mano, los dedos rojizo cosquilleo de amasijo de carne sin fuerza. Luego todo mi cuerpo se siente así, multiplico sentir deforme de músculos inservibles encerrados. Sé que sigue siendo pronto para marcharme, no espero salir de aquí. Tengo la única falta de libertad que tienen las salas de espera en los hospitales públicos. Cualquier desastre emocional sube por las escaleras de emergencia, los latidos parados, los huesos rotos, los espasmos, los accidentes de tráfico, las sirenas fluorescentes de ruido en medio de la noche, el ajetreo en urgencias; no limpiar mis oídos del pánico deambulo como un alma que casi muerta, redondeo en las esquinas con curiosidad, me asomo a las demás habitaciones, casi siempre bajo mi mirada al suelo, hablo con poca gente.

     Cuando hoy me desperté, las náuseas volvieron, mi desvalida intención de hacerlo otra vez me niegan rotundo de haberme equivocado, arrepentirse es la frontera simple y llana de voltear mis segundos hacia un lugar mejor, como al de equivocarse y no ser consciente de ello, o como tener la razón incluso para morir, y si es así, alimentar la rueda existencial, exista o no Dios, o algo que se le parezca, ese infinito crepuscular a las siete de la tarde de un viernes, encerrada en este limbo, a cincuenta metros sobre el suelo y dos pasos del paraíso.

      Los berridos de otro recién nacido se cuelan desde afuera. Huele a tabaco y café rancio, las chicas vuelven de su pausa.

Luci.